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segunda parte
12. Revolución o revuelta
revolución. (Del Lat. revolutio, -onis) f. Acción
y efecto de revolver o revolverse // f. Cambio violento en las instituciones
políticas, económicas o sociales de una nación //
f. Inquietud, alboroto, sedición // f. Cambio rápido y profundo
en cualquier cosa // f. Mec. Giro o vuelta que da una pieza sobre su eje
- revuelto, ta. (Del part. irreg. de revolver; Lat. revolutus,
por revolutus) Adj. Dicho de un líquido: Turbio por haberse levantado
el sedimento del fondo Adj. Enredador, travieso // Adj. Intrincado, revesado,
difícil de entender // Adj. C. Rica. Dicho de una persona: rebelde
// f. Alboroto, alteración, sedición // f. Riña,
pendencia, disensión // f. Punto en que algo empieza a torcer su
dirección o a tomar otra // f. Este mismo cambio de dirección
// f. Vuelta o mudanza de un estado a otro, o de un parecer a otro //
m. Plato consistente en una mezcla de huevos y algún otro ingrediente,
que se cuaja sin darle forma alguna - rebelde. (Del Lat. rebellis)
Adj. Que, faltando a la obediencia debida, se rebela (se subleva) // Adj.
Que se rebela (opone resistencia) // Adj. Dicho de una enfermedad: Resistente
a los remedios // Adj. Der. Dicho de una persona: Que por no comparecer
en el juicio, después de llamada en forma, o por tener incumplida
alguna orden o intimación del juez, es declarada por este en rebeldía
// Golpe de Estado. m. Actuación violenta y rápida,
generalmente por fuerzas militares o rebeldes, por la que un grupo determinado
se apodera o intenta apoderarse de los resortes del gobierno de un Estado,
desplazando a las autoridades existentes.
Detrás de la violencia, la revolución aparece
como la forma general del cambio violento. No implica simplemente la transformación,
sino que habla de su modo: toda revolución es violenta. El estallido
es producto de la tensión. La transformación de un sistema,
sea cual fuere, en términos violentos y radicales es una revolución;
no hay connotaciones políticas en ella. Sin embargo la revolución
indica la instauración de un nuevo sistema en reemplazo porque
se trata de eso, de un cambio. Es decir que no elimina la instancia anterior
sino que la redefine violentamente.
En términos sociales, hablar de revolución puede resultarnos
tedioso. Primeramente porque las connotaciones que la palabra ha recibido
en el transcurso histórico estorban a la hora del replanteo fuera
de la "contingencia coyuntural". Por otra parte, la idea de
transformación que tiene adosada nos confunde cuando pensamos en
lo que vendrá. No debe llamarnos la atención que las Revoluciones
hayan dejado como producto una institucionalidad que reciba curiosamente
el mismo nombre: los sistemas sociales que resultan de las Revoluciones
suelen ser llamados también Revolución.
Las Revoluciones Políticas, es decir, aquellas que se reducen a
la violenta transformación de los aparatos y/o sistemas políticos,
han invadido la palabra. La Revolución Política está
confinada a ese estrato en el que circulan funcionarios del Poder y de
la Impotencia y en el que sólo puede atentarse o combatir contra
un Gobierno u otro, contra un sistema político u otro, pero nunca
contra el Gobierno en sí, ni mucho menos contra el Poder.
Como alternativa a la Revolución Política se ha oído
hablar de la Revolución Social. El destino de tal Revolución
es la destrucción de un orden social para reemplazarlo por otro.
Tal reemplazo impone una previsualización del orden social emergente,
e incluso una planificación. No se libra nada a la espontaneidad.
La detonación de la Revolución y el desarrollo del Proceso
Revolucionario, tienen un destino cierto y un sentido inconfundible. Ni
bien se haya vencido en el combate, la nueva sociedad comenzará
a organizarse sobre los pilares ya preconstruidos en la antigua sociedad
vencida. En este sentido, la nueva institucionalidad arrastra consigo
los cánones elaborados en el viejo sistema como legado, como carga
genética, pues su génesis pertenece a ese mundo anterior
presuntamente inconfundible con el nuevo, pero inevitablemente no tan
distinto.
Las Revoluciones han establecido más de una vez recambios históricos
en el desarrollo evolutivo del Poder. Las distintas formas de gobierno
que se sucedieron en tal abstracción progresiva aggiornaron al
Poder en cada momento histórico, lo acomodaron al lenguaje de cada
época y de cada lugar. La evolución no es algo susceptible
al control de la especie, sino que es producto de la supervivencia. Si
bien los hombres tenemos cierto grado de participación en ella
a partir de la voluntad creciente de la idea, de su potencia creciente
y de nuestra conciencia involucrada, la evolución no se detendrá
sin matarnos.
El Poder no puede pasar por alto el desarrollo de la conciencia, la abstracción
y la complejidad de una sociedad que habrá de reelaborar, resignificar
y cuestionar tal instancia. Como en todo organismo, la supervivencia del
Poder depende de su capacidad de adaptación, de su flexibilidad
y su reubicación: de su movimiento. Las Revoluciones Políticas
garantizan tal supervivencia del Poder, expresan la rigidez de los sistemas
que deben quebrarse como fusibles para que no se rompa el Poder. Con la
evolución, la tendencia de los sistemas de gobierno es flexibilizarse
de manera que la estructura institucional subsista todo lo posible para
que la transformación no imponga una ruptura más fundamental
ni exponga a la sociedad a la anarquía en el proceso Revolucionario.
El pronto restablecimiento del Orden es condición insoslayable
para los movimientos Revolucionarios, pues dependen de la nueva institución
ante la fisura abierta. Fisura que es una herida producida por el mismo
organismo en su violenta crisis, herida capaz de matarlo si no cierra
prontamente.
La Revolución Social se acerca más a la revuelta, aunque
no alcanza a mezclarse con ella. La revuelta estalla como espontánea
reacción popular ante una circunstancia que ya no tolera, sin reparar
demasiado en lo que vendrá. La revuelta es en sí sólo
ruptura, es el instante en que el elástico se corta y suelta como
látigo sus extremos contra cada punta. En la revuelta no hay propósito
mayor que el de la drástica finalización de un estado insoportable,
un basta determinante embebido en ira, en acumulación hecha venganza,
en destrucción violenta y radical de un Orden torturante sin pensar
en ese instante en la instauración de un orden distinto.
La construcción ideológica del simpoder nos permitirá
tener las herramientas necesarias para la nueva circunstancia. Permitirá
organizar la vida comunal en los términos en que la espontaneidad
de los momentos posteriores a la revuelta precise. No hay que temer a
la incertidumbre: la revuelta no tiene garantías. Por eso es importante
que la Ideología no siga avanzando, que las ideologías crezcan
como tales de manera independiente, coherentes entre sí por la
idea del simpoder y sin otra perspectiva más que la autogestión.
En eso radica, para mí, el pensamiento libertario. Ya está
dicho que Certeza y libertad no pueden parecerse. Todo lo que se desea
es convicción, es la función del compromiso que sostenga
un accionar consecuente. Una idea es hecho a través de la acción:
no hacen falta garantías ni Certezas.
La Revolución puede servir como argumento para las ideologías
en crecimiento, pero la conservación del privilegio nos obligará
a destruir lo dado a través de la revuelta. El borde es muy fino,
pero es borde. Los procesos sociales tienen su tremendo tamaño,
duran y miden tanto más que cada uno de nosotros cuanto más
diverso sea el vínculo, cuanto más rica sea la interacción
existencial. No nos sirven ya el Héroe, ni la generación
Heroica, ni los Años de la Revolución. El monumento debe
morir junto con el líder como edecanes del Poder en misión
de protegerlo. No podemos pensar en la transformación con volúmenes
individuales. El individualismo enfatizado en la Persona nos engaña
una vez más: la sociedad sólo podrá ser transformada
por la concurrencia de comunes.
Las generaciones que sucedan a la nuestra tendrán el mundo que
hereden de nosotros. Construir una actitud contra el Poder es dejar como
botella al mar un grito libertario grabado en cada piedra. Probablemente
(seguramente) no seamos nosotros quienes podamos disfrutar los momentos
posteriores a la detonación de la revuelta. Pero sí seremos
nosotros quienes podremos disfrutar de nuestro sueño viviéndolo
en lo que nos toque. La proyección de una transformación
social en el tiempo no debe servir como argumento para la resignación
o para la abnegación entendida como pago a futuro. De nada sirve
la vida si no somos capaces de gozarla plenamente. El bienestar común
se ampara en el placer, o mejor, es su expresión sublime, es la
máxima potencia del placer. Lo que dejemos de útil será
más nuestra vida que nuestro mensaje. Vivir sin someternos al sufrir
de los mártires, disfrutar plenamente una vida enriquecida por
la vivencia común: ésa es la actitud del fundamental compromiso.
La revolución social como construcción de modelos comienza
en la práctica de aquello que suponemos debería suceder.
Es acción directa, es la cotidianeidad de la idea manifiesta, es
el camino derecho entre el dicho y el hecho. Inevitablemente, cuanto más
radical sea la contradicción entre aquello que queremos y aquello
que existe, mayor será la reacción de un sistema acostumbrado
a destrozar los enemigos de los que no puede apropiarse. Probablemente
la reacción llegue a ser violenta: el Orden Legal ha sido construido
para eso. El delito es inevitable como es inevitable la inseguridad, siendo
que está construida sobre los valores propios de una sociedad que
reprime con la Idea. Debemos afrontar la coherencia entre la idea y la
acción como la primera herramienta para la construcción
de una sociedad libertaria.
La moral de una sociedad cuyos cimientos reposan sobre la idea del Poder
no puede ser genuina. Nuevamente, la Moral es yugo, es instrumento de
tortura y de control. Es necesario exponerse a la ruptura ideológica
con el lenguaje propio de la experiencia, sin casillas, sin modelos. Se
trata de practicar la rebelión a partir de al menos un motivo y
un propósito, y eludir el engaño de los enemigos comunes.
Históricamente las Revoluciones Políticas juntaron adeptos
entre los distintos sectores que se opusieran al Orden que tuviera ocasionalmente
entre sus manos al Poder. Han sido expresión de la Impotencia,
incluso a veces de una Impotencia exitosa que logró convertirse
en Poder. Los Enemigos Comunes, sirven para utilizar la fuerza del conjunto
para el sometimiento futuro. Enemigos Comunes es un eufemismo, que equivale
a decir con lenguaje bélico y totalizador, masificación
para la causa del Poder, con un chivo expiatorio como excusa. No es otra
cosa que de nuevo el sacrificio, culpar al enemigo para conservar lo establecido,
trocando simplemente a tal por cual.
El único enemigo común, enemigo de los comunes, es el Poder.
Decir común y decir todos no es lo mismo. El Enemigo Común
es el enemigo de todos, de todos aquellos que se consideren enemigos de
uno. Es un enrosque falaz que no responde a la satisfacción de
necesidades populares sino a la supervivencia de la instancia social,
escondida siempre detrás de la Persona en que recaiga ocasionalmente
el Poder. La Revolución Social puede ser resultado de la tensión
entre la sociedad en crisis y los intentos represivos de un sistema dado,
pero sólo a través de la revuelta se llegará cuando
se llegue, si se llega, a la plena transformación de la sociedad.
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