segunda parte
11. Acción directa.
acción. (Del Lat. actio, -onis) f. Ejercicio de la posibilidad
de hacer // f. Resultado de hacer // f. Efecto que causa un agente sobre
algo // f. combate (acción bélica o pelea) // f. Der. En
sentido procesal, derecho a acudir a un juez o tribunal recabando de él
la tutela de un derecho o de un interés // directa. f. Empleo de
la fuerza, en forma de atentados, huelgas, sabotajes, etc., conque un
grupo social intenta obtener las ventajas que desea // buena acción.
f. Obra que se hace en beneficio del prójimo // mala acción.
f. Obra que se hace en perjuicio del prójimo.
Actualmente la abstracción es una condición
que nos expone contradictoriamente ante la herramienta, ante la plena
dimensión de nuestra mente, por un lado, y por otro ante la vanidad
del intelecto contra la necesidad de concreción, es decir, la reducción
de nuestra mente a su expresión menos práctica. La idea
no es necesariamente contradicción del hecho. Es más, desde
mi punto de vista, la idea y el hecho son una misma cosa a través
de la acción. "Del dicho al hecho, el camino es derecho",
dicen; algunos también lo hacen.
El Verbo Divino nos miente: no se trata de decir alegría y ponernos
contentos. La acción de los hombres es la práctica de nuestra
existencia y es el ejercicio pleno de nuestra capacidad de transformación.
Pensar y hacer, hacer y pensar: no podemos pensarnos solidarios y aislarnos
en departamentos sin vecino. No podemos actuar sin pensar a quién
sirven nuestros actos. Pensar y hacer son dos formas de trazar en un plano
los relieves de la capacidad existencial de los hombres.
Darle a la acción un sentido, colocarla en una dirección.
En analogía matemática, motivo y propósito nos permiten
trazar la dirección de lo que hagamos. No es tan complicado. Acción
directa implica dos cosas: actuar consecuentemente con un propósito
y actuar sin intermediarios. Dirigir la acción hacia un propósito
no es otra cosa que reparar en el hecho de que los medios y los fines
son también aspectos de una misma entidad: la transformación
voluntaria. Actuar sin intermediarios implica reconocernos como sujetos
de nuestra existencia (así, en plural) a sabiendas de las implicancias
sacrificiales de las Personas del reemplazo. Ambas cosas, claramente,
están unidas en el hecho. La voluntad en la acción no puede
ser otra cosa que la acción propia.
Estamos acostumbrados a la representación: estamos mal acostumbrados.
Desde el nacimiento del Estado la evolución no nos ha llevado sino
a la abstracción del Poder. La idea de Gobierno Popular se ha ido
inoculando progresivamente en la Ideología de manera que la simple
idea de representación, viciada de identidad, nos ofreció
la circunstancia del Poder desde la perspectiva del poderoso. Luego de
la sinonimia, poder y Poder se hicieron uno para transformarse en Poder.
Ya la condición de sometido, dentro de la Ideología, se
ha transformado en condición de Impotente, es decir, en la condición
de aquel que no puede ejercer el Poder y desea hacerlo. En su misma referencia
hacia el Poder, la Impotencia lo legitima. La evolución de la opresión
y el sometimiento se desarrolla partiendo de la imposición física
del individuo poderoso hacia la imposición legal de las mayorías.
La representación juega un papel indispensable: ofrece el Poder
ejerciendo el Poder.
En el terreno de las acciones populares, en sincronía con la idea
del simpoder (25), el comienzo más
elemental es aquel que señale el hecho con la flecha de la necesidad.
Obrar directamente sobre la necesidad que se vive en lo inmediatamente
cotidiano con la perspectiva de lo mediatamente deseable, pareciera ser
la forma primera para la idea de autogestión. Si se conviene en
descabezar las estructuras sociales es necesario observar que la Impotencia
es el Poder visto desde abajo. Es decir que recurrir a la idea de la Impotencia
es concurrir en la idea de Poder, y de esa manera lo que presumía
ser oposición se ha transformado en complicidad sin que la pena
impotente permita asumir tal extraña forma de la traición.
Las manifestaciones populares, en su sentido tradicional y cotidiano,
expresan en sí mismas una tremenda forma de sometimiento que crece
más y más en cada supuesta rebelión.
Imaginemos (no nos costará demasiado) una masa de individuos plantada
frente a la casa de Gobierno en actitud desafiante exigiéndole
algo, lo que sea, a quien habite su interior como Gobernante. ¿Qué
hace esa muchedumbre si no aprobar y sostener, desde la legitimación,
al Gobierno? Bien, supongamos que le están pidiendo que se vaya,
¿Qué hace esa muchedumbre si no legitimar, con su sola presencia,
la instancia de Gobierno sobre la cual sólo pretende un cambio
personal, es decir, que el Poder recaiga en manos de otra persona social
o individual, que defienda otros intereses, siempre sectoriales, pero
que siga gobernando? El paternalismo del Poder ha llegado a tal punto
que la manifestación del pueblo, es decir su aparición visible,
sigue tomando al Poder como sujeto. El pueblo sólo se manifiesta
cuando se muestra ante el Gobierno y exige de Él una respuesta
ante la necesidad. De esta manera, no sólo el pueblo legitima la
instancia de gobierno, sino que la fortalece. En el más idílico
de los propósitos de una Manifestación Popular, en estos
términos, se puede pretender, a lo sumo, participar en las acciones
de gobierno. Ahora bien, si participara el pueblo en la acción
de gobierno, ¿Sobre quién se estaría gobernado?
Cualquiera sea el resultado de tal Manifestación, la idea de Poder
saldrá siempre victoriosa. La reacción popular no debe dar
la cara al Poder, sino desconocerlo, darle la espalda. En este sentido,
como dice mi amigo Fede, ¿qué autoridad puede tener el Estado
si yo ni siquiera se la concedo para barrer la plaza?. Y es que la plaza
y su misma basura, como la comunidad entera y sus cosas, debe ser atendida
y administrada por los comunes, no por el Estado. En tanto la autoridad
es una concesión y no una virtud, basta dejar de conceder para
dejar de padecer. La manifestación popular existe en tanto los
comunes nos reconozcamos como tales, en tanto la necesidad del conjunto
se exprese en la acción común y solidaria hacia su resolución.
El territorio de la manifestación ha de ser la comunidad entendida
como una unidad social y económica, donde las caras son visibles
y las acciones manifiestas. A partir de la acción comunal y directa
sobre la necesidad concreta, el proceso de legitimación del Poder
encuentra un obstáculo y comienza su derrotero final. La idea de
obediencia se debilita, siendo que no hay autoridad concedida para la
orden ni representación en la vida social.
Acción directa no implica necesariamente actuar en forma directa
contra el Estado o contra la instancia de Poder: eso equivaldría
a colocar al Poder como objeto mismo de la acción, y no siempre
resulta necesario. Acción directa implica actuar directamente sobre
la propia vida desconociendo al Estado, desconociendo a las Iglesias,
desconociendo al Paternalismo. Una vez más, desconociendo al Poder.
La acción directa sobre la necesidad concreta es la única
vía de participación autogestionaria, e impone la decapitación
social, la aniquilación de la idea de Poder, la vinculación
solidaria de los comunes entre sí atendiendo las necesidades propias.
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